Roberto sentía que todo lo había logrado. Al menos eso fue lo que siempre quiso hacerles saber a los demás. El odio que tenía por los que llegaban más lejos que él, nunca lo pudo ocultar. Su mejor arma ante dicha realidad era buscarles algún defecto para menospreciarlos. Asimismo, con los que no habían tenido las mismas oportunidades que él, había que hacerles sentir que no eran nada –ni parecido- a comparación de él.
El sexo fue algo que siempre le apasionó. Le encantaba tener sexo delante de los demás. Y si las ganas eran muy grandes habrían que satisfacerlas donde sea y a la hora que sea. Al fin y al cabo, si alguien se oponía con golpes o insultos lo solucionaría.
Con sus actitudes agresivas siempre quiso impedir que lo criticaran. Siempre buscaba el momento para agredir a alguien. Incluso, agredir a un familiar o a su propio padre. Él nunca estuvo mal. Él estaba bien. Y cuando sea millonario, todo será para mí solito, aseguraba. Creyó que todos esperaban algo de él.
Era una de esas noches en las que se fue a la cama sin quitarse la máscara. Un cuchillo en el suelo lamentaba lo ocurrido. Sin embargo, tenía una pequeña sonrisa en sus labios y dientes rojísimos. Su cuerpo se fue apagando, mientras una sombra contemplaba como en un chorro se diluía el orgullo de Roberto.
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